Código del oeste
Código del oeste —¿Por qué no? Si se lo merecÃa… Y, además, querÃa yo hacerlo… Si le parece que fue poco, repetiré la dosis.
—No esperaba ninguna manifestación de agradecimiento —continuó él, vacilante—. Sólo deseaba proporcionarle una alegrÃa.
—Y lo conseguiste, chico. Jamás me olvidaré de este dÃa.
—Pero, Georgie…, yo… te amo.
—Razón de más para que yo te bese.
—No. Eso no…, a menos que tú también me quieras.
—Desde luego, Cal, te quiero…, es decir, me lo figuro.
Cal la oprimió furiosamente contra su pecho, levantando del suelo la esbelta figurilla e inclinando hacia la invitadora y encendida faz su ansioso rostro. Un aturdimiento de repentina alegrÃa se apoderó de él, y echó al viento toda consideración. Y besó el cabello, las mejillas y la boca. Y al sentirse correspondido, se cegó por completo, volviéndose rudo y áspero en la expresión de su amor. Pero reaccionó un tanto cuando ella chilló, entre carcajadas, su regocijada protesta, tratando de separarse de él. Sin embargo, la muchacha no llevó sus esfuerzos muy lejos, pues no se desprendió del todo de los amorosos brazos que la aprisionaban.