Código del oeste
Código del oeste —¡Cal! Tú no necesitas un rancho, sino una caverna —le dijo, semisofocada por las caricias—. Eres un pequeño troglodita, te lo aseguro.
—Georgie…, perdóname… si he sido…
—Cal, ¿dónde aprendiste a besar de ese modo? —le interrumpió ella, aparentando estar celosa. TenÃa la cara roja, el sombrero se le habÃa caÃdo y estaba toda desgreñada. Cal tuvo que hacer un gran esfuerzo para no empezar de nuevo. Probablemente hubiera insistido, a no ser por la inoportuna pregunta.
—Mira, Georgie…, eso no lo he aprendido…, es que te quiero con toda mi alma —protestó él.
—Vamos, vamos… A mà no me engañas, Cal Thurman —le contestó amenazándole con un dedo—. Tengo el convencimiento de que eres un viejo conquistador de tus paisanitas del Tonto. Nadie puede besar de la manera que tú, a menos que…
—Georgie…, te juro por lo más sagrado que jamás besé sino a otras dos mujeres… y eso fue hace ya tiempo…, cuando era un chiquillo.
—Entonces, ¿yo soy la primera mujer a quien amas de veras?
—Por supuesto; asà es —respondió Cal sencillamente.