Código del oeste
Código del oeste —Bueno, te creo —repuso ella después de mirarle largamente a los ojos—. Pero te aseguro que lo haces muy bien, y que será mejor que emprendamos el regreso a casa antes de que se te ocurra repetir la función.
—Espera, Georgie —contestó Cal reteniéndola—. Aún no te lo he dicho todo. Tengo que preguntarte… si te casarás conmigo.
—¡Ahora sales por ahÃ, para echarlo todo a perder! —protestó Georgina con acento compungido—. ¿No estás satisfecho con cuanto he hecho y dicho?
—Satisfecho, sÃ. Inmensamente feliz y agradecido. Pero precisamente por ello me creo en la obligación de repetirte la pregunta… Georgie, estoy loco por ti, y te quiero para esposa. ¿No deseas, como yo, que formalicemos seriamente nuestro compromiso?
—No; de ninguna manera —respondió con entera franqueza—. Por lo menos, todavÃa no; quizá más adelante… Cal, no estoy segura de mà misma. Hoy te quiero un poco… y deseaba besarte… Me han gustado mucho tus caricias; pero mañana podrÃa cambiar de parecer.
—Acabarás destrozándome el corazón —dijo él, desesperado.
—¡0h!, los corazones no se destrozan asà como asÃ.
—El mÃo, sà —replicó Cal mirándola sombrÃamente.