Código del oeste

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—Cal, ¿por qué no te dejas de tanto matrimonio y te conformas con ser un buen camarada mío? Déjame hacer mi voluntad. Puesto que, a tuertas o a derechas, así va a ser. Ya ves que te quiero bien. ¡Podemos pasar juntos tantos buenos ratos!…

—Georgie, lo que veo es que quieres andar conmigo y, al mismo tiempo, pasar lo que llamas buenos ratos con los otros muchachos, ¿no es eso?

De nuevo estalló la franca risa de la joven, al exclamar, sin rebozo:

—¡Ahora sí que me has cogido con las manos en la masa! Cal, eres una maravilla. Eso, precisamente, es lo que quiero.

—Pues mira: no seré yo quien te lo estorbe, porque te libraré del enfado de mi compañía —aseguró Cal con brusquedad—. Aunque te advierto que tendrás un infierno de dificultades si en esos buenos ratos con los demás llegas tan… tan lejos… como has llegado conmigo.

—¡Ajá! ¿De veras? —replicóle ella con altivez—. ¡Miren éste, por dónde se apea ahora! ¡Vamos! ¡Que todos los hombres han de ser iguales!… Cal, cuando alguien trata de imponérseme, yo siempre hago precisamente lo que se me prohíbe.


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