Código del oeste
Código del oeste —Bueno, bueno; no hablemos más —dijo él, resignado—. No he querido decir que yo te molestaré lo más mÃnimo, sino que no sabes en lo que te estás metiendo al tratar de divertirte con los otros mozos del Tonto… Démonos prisa en volver a casa. Son nueve millas de camino y casi todo cuesta arriba.
El crepúsculo vespertino les cogió en la cima de la alta colina que dominaba a Green Valley. La luz era bellÃsima: doraba con sus rayos la prócer mole de la Ceja, bañaba de púrpura las boscosas cumbres de los cerros y teñÃa de rosa las crestas de las montañas. Green Valley yacÃa como adormecido, solo y apacible, en el seno de la abrupta naturaleza que le rodeaba.
—Mucho cuidado, Georgie —le recomendó Cal a su compañera, que, fatigada de la larga excursión, se balanceaba en la silla—. Asegúrate bien, que ya falta poco, y ahora vamos a hacer a caballo todo el descenso.