Código del oeste
Código del oeste Dirigió su cabalgadura hacia abajo, por la empinada ladera, y la iba conteniendo, de modo que la muchacha no se quedara atrás. Constantemente vigilaba la marcha, especialmente en los lugares peligrosos. Cuando llegaron al rancho, el mortecino crepúsculo envolvía el valle. La brillante iluminación de las ventanas resultaba alegre en extremo. El aire era frío, penetrante, casi helado. Se oía el salvaje y persistente gañido de un coyote. No había nadie en el corral. En la penumbra, Georgiana miró fijamente a Cal, que, ya a pie, vino a colocarse junto al caballo de ella.
—El término de un día perfecto —suspiró la joven—. Ayúdame a desmontar.
Fatigosamente, y profiriendo un sordo gruñido, se desprendió de la silla, dejándose caer, como un peso muerto, en los brazos de él.
—¡Pobrecilla! —dijo Cal, depositándola en el suelo con extrema solicitud—. Ya temía yo que iba a ser demasiado para ti. Y te lo dije, Georgie. Ha sido una excursión harto trabajosa para una muchacha. Pero te has portado admirablemente y te felicito, pues pocas mujeres del Tonto lo hubieran hecho igual.