Código del oeste

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Mientras los muchachos procedentes de Green Valley estaban desensillando y descargando lo que había traído para improvisar un campamento bajo los árboles que rodeaban a las chozas, apareció el otro campamento de la familia Thurman, nueve en total, con más de ese número de acémilas. Reunidos unos y otros, continuaron los preparativos, hechos con la destreza de gente práctica en tales labores. Todos silbaban, cantaban, fumaban cigarrillos, y no cesaban de chirigotear y darse bromas. A las nueve, se agrupaban en torno del corpulento pino que señalaba el lindero del campo de Boyd y, cuáles de pie, cuáles sentados, se dedicaban a afilar sus cuchillos en las pequeñas piedras de asperón de que iban provistos. En conjunto, formaban una cuadrilla de diecisiete hombres, no incluido Henry Thurman. Éste, a despecho de sus años, podía hacer tanto como cualquiera de los mozos, cuando así le placía.

—Bueno, compañeros —dijo por fin Enoch probando el corte de su herramienta en la yema de uno de sus gruesos pulgares—: cada cortador se hará cargo de una hilera y recogerá todo lo que pueda.

—Enoch, tengo una apuesta pendiente y estoy pronto para empezar —gruñó Wess.

—¡Ajá! ¿Y qué has apostado y contra quién? —inquirió Enoch con interés.


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