Código del oeste

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Wess dio su versión del asunto en tono a la vez ofendido y jactancioso. Cal, a su turno, añadió leña al fuego alardeando de su ciega confianza en Tuck Merry. Y el viejo Henry colmó la medida del enojo de Wess preguntando:

—Vamos a ver: ¿quién es el valiente que apuesta contra mí? Tengo la más absoluta confianza en mi operario del aserradero.

Se produjo en el acto una viva discusión, muy acalorada por parte de Wess, y se cruzaron varias apuestas, algunas de ellas verdaderamente descabelladas. Finalmente, agotados, al parecer, los recursos disponibles, se recurrió a Enoch, para explicarle las condiciones de la curiosa competencia.

—¡Bueno!! ¡Que me ahorquen! —profirió el improvisado juez—. La cosa no es pareja. Wess ha estado cortando sorgo desde que era más pequeño que un renacuajo, y entiendo que nuestro zancudo camarada Tuck no ha visto esta clase de plantas hasta venir al Tonto.

—Así es —admitió Merry—. Haré cuanto pueda para ganar, en obsequio de los que me apoyan, pero no dejen de fijarse en que yo nada apuesto.

—¡Eh, Tuck, no hay que andarse con chiquitas! —intervino entonces Cal haciéndole un significado guiño a su amigo—. Me prepongo ganar hoy otra apuesta, además de la hecha en favor suyo. ¡Arriba, pues!


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