Código del oeste

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—¡Oh, si ése es el caso, no seré yo quien se eche atrás! —respondió el boxeador correspondiendo al disimulado guiño de Cal—. Wess, pongo diez a que lo venzo en el corte de esta verdura, y otros diez a que puedo acarrear mayor cantidad de ella.

—¿«Diez» qué? —demandó Wess en tono belicoso.

—Diez grupos… diez mangos, en moneda legítima de los Estados Unidos de América… diez ruedas de carro —contestó Tuck haciendo sonar en el bolsillo varias piezas de plata.

—Wess, cabeza de adoquín, Tuck quiere decir «diez dólares» —explicó Cal.

—¡Ah, magnífico! Le apuesto el doble —replicó Wess dándose importancia.

—No, amigo; no puede ser: diez es el límite máximo a que puedo llegar, y es un regalo que le hago —dijo Tuck.

—Así es, de seguro —terció Enoch—. Bueno, escuchen ahora todos ustedes. Esta mañana, yo trabajaré en compañía de Tuck. Es justo que se le enseñe lo que tiene que hacer. Luego, después del descanso de mediodía, tendrá lugar la competencia, que ha de consistir en cortar dos hileras de sorgo: una, yendo de acá para allá, hasta el final del campo, y la otra, viniendo de regreso. Yo actuaré de árbitro. ¿Te parece bien, Wess?


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