Código del oeste

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Poco a poco dieron término al viaje de ida. No obstante los incesantes chistes y la forma juguetona y bromista en que todos trabajaban, la tarea era ruda y varonil. Wess alcanzó el término de su fila antes que ninguno; tomó en el acto la vuelta, y empleó una hora y cuarto en efectuar el recorrido total. Cuando acabó, tenía la camisa tan mojada de sudor como si la hubiera sumergido en agua. Las manos se le habían puesto terriblemente mugrientas. La cara, ennegrecida por el polvo, ostentaba las huellas que en ella habían dejado los copiosos chorros de la abundante transpiración. Sin perder un segundo, la emprendió con otra hilera de plantas antes de que sus compañeros hubieran alcanzado el punto de partida. En cuanto llegaban los demás, comenzaban de nuevo, como había hecho Wess.

Al mediodía brillaba el sol, fuerte y cálido. La brisa se llevaba las nubes de polvo que se levantaban en el seco campo. Centenares de cuervos, atraídos por el grano, revoloteaban por todas partes, graznando en confusa y ensordecedora algarabía. Los cosechadores, fatigados por el continuo esfuerzo, cesaron de cantar y bromear, retardándose en el regreso.




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