Código del oeste

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Así, pues, tornaron a la labor, como antes, sólo que Enoch puso a los dos competidores a la cabeza de todos los demás. Y podía notarse que cada vez que se erguía alguno de los segadores, miraba por un instante, con gran interés, a ambos rivales, que trabajaban furiosamente. Wess tomó pronto ventaja, distanciándose gradualmente de Tuck. Tanto el uno como el otro hacían volar el polvo y ponían en fuga a las bandadas de voraces cuervos. Los animosos gritos de los trabajadores resonaban a porfía en el aire cálido y tranquilo. Los burros rebuznaban ronca y estentóreamente, como si también ellos estuvieran muy interesados en la curiosa lucha. El perro de Wess acompañaba a su amo, ladrando sin parar, como si quisiera darle ánimo con sus ladridos. La mayoría de las voces de aliento eran dadas en favor de Merry.

—¡Ve junto a él, chico! —gritaba uno.

—Ahora adelanta con mucho brío, Tuck; pero pronto aflojará —vociferaba otro.

—Búrlate de su novia —le recomendaba el de más allá.

—Eso siempre le pone furioso y no sabe lo que está haciendo.

—Ya vas entrando en calor y te desquitarás a la vuelta —observaba otro—. Sigue así, Tuck, que vas mejorando poco a poco.


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