Código del oeste

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Manifiestamente, los observadores estaban intensamente absortos y ansiosamente expectantes. Danzando sin parar, Cal disparaba de cuando en cuando la izquierda para atolondrar a Tim y obligarle a esquivar y acometer, en espera del instante favorable para acciones más eficaces. De pronto, con la diestra, rápido como un relámpago, le colocó a Tim, en plena nariz, un golpe duro y neto. ¡No cupo la menor duda sobre el efecto!

—Tim, ése es el «hurgonazo de la nariz» —gritó Cal gozosamente, mientras, eludiendo la ciega y pesada acometida del adversario, seguía practicando el veloz juego de piernas. Y después, con mayor rapidez que antes, golpeó con la izquierda sobre el mismo punto sensible. Esta vez comenzó a salir sangre.

—¡Yo sí que te voy a hurgar a ti! —bramó Tim, ronco de dolor y gesticulando tan furiosa como inútilmente, pues su furia sólo le sirvió para encontrarse con otro puñetazo formidable—. ¡Oh…! —chillé Tim.

—¡Grazna, mostrenco! —le replicó Cal tomando ya la cosa en serio y accionando con mayor ardor, a la vista de la sangre y con el pensamiento puesto en obtener una justa venganza. Tim le había lastimado antes muchas veces y había hecho alarde de ello. Ahora le tocaba a él desquitarse, y, además, allí estaba Georgiana Stockwell, subida en la parte superior del alto portón.


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