Código del oeste
Código del oeste Y salió para un lugar cubierto de hierba, algo apartado del grupo que reposaba junto al árbol, y a plena vista de quien viniera por el camino. Eso era lo que Cal deseaba. No tenía éste la menor duda respecto al resultado del encuentro. Su maestro, Merry, le había asegurado que Tim no resistiría más de tres minutos de combate.
De repente extendió Cal las manos, cubiertas con el par de guantes que se había puesto para trabajar, y empezó una veloz danza en tomo de Tim con la presteza de piernas que constituía parte de la penosa educación pugilística recibida de Tuck. Tim, peleador tosco y agresivo, pero ignorante del arte de boxear, se agachaba próximo a Cal, tratando de asestarle golpes, pero sin encontrar brecha alguna en la cerrada guardia del otro. Cal aceleró sus pasos de danza y comenzó a fintar con ambos puños, notando al instante que su contrario se desmoralizaba completamente por efecto de semejante táctica.
—Muchachos, no se pierdan esto —grité Cal con voz aguda dirigiéndose a los circunstantes—. Todos ustedes saben lo que le molesta a Tim que le aporreen su fea narizota. Fíjense ahora.