Código del oeste
Código del oeste —¡Ajú! —exclamó Cal poniéndose en pie con visible alegrÃa, que se reflejaba por completo en el cadavérico semblante de Tuck Merry—. Me habÃa olvidado totalmente… Ven para acá, Tim, pernituerto domador de potros cerriles. Tengo hambre y quiero despachar pronto para no estropearme el apetito.
Los espectadores celebraron las palabras de Cal con manifestaciones de sorpresa y alborozo. Pero Tim participaba únicamente de la primera. Lentamente levantóse de su sitio, revelando su roja faz, de la cual se habÃa limpiado el polvo, un dudoso menosprecio. Le echó a su contrincante una furtiva mirada. No estaba muy seguro de que existiera perfecta justificación para menospreciar a su adversario.
—Ven y recibe tu merecido —siguió diciendo Cal en tono zumbón—. Sal para acá afuera. No quiero tumbarte sobre la cena que nos está preparando Serge. Tim, te has dado el gusto de vencerme cuatro veces, y ahora debes mostrarte bastante hombre para tomar tu medicina con igual espÃritu deportivo con que yo tomé la mÃa.
—Me estás fastidiando atrozmente, Cal Thurman —gruñó Tim—. Eres demasiado presumido. Te voy a dar la quinta zurra… para quitarte de una vez todas las ganas de repetir la fiesta.