Código del oeste
Código del oeste Tim, con el semblante terriblemente desencajado, los ojos saltones, la boca abierta, la mandíbula inferior caída, parecía haberse quedado inmovilizado, desvalido, silencioso, excepto por un singular estertor que producía, al tratar de respirar. Precisamente igual que Tuck Merry había hecho con Bloom, hizo Cal con Tim. ¡Qué ridículamente fácil! Tim había expelido el resuello y no podía recobrarlo. Entonces Cal terminó el asunto mediante un fuerte derechazo a la quijada. Tim cayó desmadejado al suelo, y allí se quedó.
En medio del silencio que se produjo, Cal se aproximé al caído, y, apenas jadeante por el esfuerzo realizado, con templó un momento a su adversario, diciéndole:
—Arriba, Tim…, no quiero enfriarme.
Pero el pobre Tim a duras penas empezaba a conseguir que entrara un poco de aire en sus pulmones. No podía levantarse. Ni siquiera podía alzar la aturdida cabeza.
Los otros muchachos, vueltos repentinamente de su asombro, prorrumpieron en una algazara atroz, para expresar su desbordante júbilo. Aullaban, se revolcaban sobre la hierba, chillaban estrepitosamente, y durante varios minutos, Cal no pudo entender ni una palabra de lo que le decían.