Código del oeste
Código del oeste —Bueno, o yo no sé lo que me pesco o Cal ha puesto a Tim fuera de combate —exclamó Enoch, maravillado por completo.
Todos estaban realmente sorprendidos, y algunos se mostraban escépticos respecto a la extraña danza de Cal en torno de Tim. Más de uno —entre ellos, el viejo Henry— apenas podían dar crédito a lo que habían visto.
Pero el más extrañado era Tim Matthews, quien, cuando se repuso lo bastante para poder hablar, balbució:
—¡Huy…! ¿Qué… me ha… pasado?
Cada cual le respondió una cosa diferente. Uno le decía que, sin duda, lo había pateado un mulo; otro, que lo había atropellado un elefante; y sucesivamente, todos se burlaban, acompañando sus burlas e hirientes epítetos con sonoras carcajadas.
—¿Qué diablos… tenía… dentro de los guantes? —le preguntó Tim roncamente a Enoch, que acudió para ayudarle a levantarse.
—Nada más que los puños —contestó Cal, quitándose los guantes y arrojándoselos a Tim para que los examinara.
El apabullado vaquero los palpó con expresión patética y manifiesta incredulidad.
—¡Oh, no!; debía de tener piedras —insistió con voz quejumbrosa.