Código del oeste
Código del oeste Así, pues Mary se halló tratando de hacerse cargo de lo que significaba el súbito cambio en la dirección de su vida. El pulso en tumulto, los nervios sacudidos violentamente por la emoción y el corazón rebosante de júbilo la convencían de que sus secretas esperanzas, su pequeño romance sentimental, no habían sido un sueño vano. Su oculto amor por aquel fornido vástago de pionero no tendría que considerarlo en lo sucesivo como una cosa inasequible, en la que no debía pensar. Se reconocía gozosa y agradecida por la espléndida oportunidad que le daba el destino de ser una mujer y una ayuda. Había encontrado su verdadero lugar.
Enoch le estrechaba la mano fuertemente, mientras seguía conduciendo con la izquierda. A sus espaldas, la alegre turba se hacía más alborotadora a medida que pasaba el tiempo. Henry Thurman tarareaba una de las piezas que iba a ejecutar en el violín. Todo el mundo, excepto Georgiana, exteriorizaba su entusiasmo y regocijo. Mary, en aquel momento de suprema dicha, no olvidaba a su díscola y testaruda hermana, y presumía que, acaso como futura esposa de Enoch, tuviera mayor influencia sobre la caprichosa muchacha.