Código del oeste
Código del oeste —Mary —comenzó a decir él, tras un largo silencio—, creo que me enamoré de usted desde que vino acá. Pero no tuve esperanza alguna hasta hace poco. Y ahora me atrevo a preguntarle si quiere casarse conmigo.
No le preguntó si se daba cuenta de lo que era la vida de la esposa de un ranchero en aquel agreste paÃs. En cierto modo, semejante omisión, y la sencillez con que le formulaba su requerimiento, le parecieron a Mary un delicado cumplido. ¿Era ella, en realidad, tan grande como él suponÃa? Fuera como fuese, se sentÃa más feliz que jamás en toda su vida.
—SÃ, Enoch… yo… estoy dispuesta a casarme con usted —le contestó suavemente.
La diestra de él abandonó el volante y buscó la de ella, que le salió al encuentro. A través del grueso guante notó la vigorosa rudeza, la fuerza y solidez de aquellos membrudos dedos que oprimÃan amorosamente los suyos.
—Bueno, ya presumÃa yo que este baile iba a ser muy afortunado para mà —dijo el mozo.