Código del oeste

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—Entonces, ¿se propone permanecer en Arizona? —Sí. Esto me encanta.

—Bueno, bueno; eso está magnífico —prosiguió él con una perceptible nota de entusiasmo en su típico acento tejano—. Si piensa de este modo, Mary, y quiere seguir enseñando a nuestros niños, tenemos que gustarle nosotros, la gente del Tonto.

—Claro está… me gustan —repuso Mary.

—Somos gente sencilla, pioneros, bastante toscos —agregó Enoch.

—Bien; pues si son así, supongo que yo he de llevar también alguna sangre de pionero en mis venas —respondió Mary, un tanto nerviosa. El tono con que hablaba Enoch la intrigaba. Había algo detrás de sus bondadosas y reposadas manifestaciones. La joven se daba cuenta de que su interlocutor estaba preparando el terreno. Y el corazón comenzó a latirle apresuradamente. ¿Encontraría en aquel breve viaje la explicación del extraño embeleso que la había embargado durante la contemplación de la puesta del sol? Algo estaba próximo a acontecer. Echóle a Enoch una mirada de— soslayo. Era imposible verle distintamente; pero parecía tan calmoso y sereno como de costumbre, y manejaba el coche con gran cuidado en los sitios de peligro.


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