Código del oeste
Código del oeste —Bien; siempre he creÃdo que usted nos comprende perfectamente. Ha sido muy buena. Cal es el mejor de los Thurman. Y, en mi opinión, los dos años que ha pasado en la escuela, a cargo de usted, tienen mucho que ver en eso. Padre y madre opinan igual que yo… que le debemos mucho, Mary.
—¡Oh, no! Ustedes no me deben nada —balbució la joven, sorprendida y turbada por el singular calor que advertÃa en la voz del mocetón.
—Bueno, no discutamos sobre este punto. Pero no somos indiferentes a su benéfica influencia en la escuela. Nunca tuvimos a nadie como usted. Nuestros pobres chiquillos, que vienen de todas las partes de este nido paÃs, consideraban la escuela poco menos que como un suplicio. Pero ahora es distinto: la quieren a usted y aprenden pronto y con gusto. Es una labor admirable la que realiza, señorita Stockwell.
—Gracias, Enoch… Yo… sólo puedo decir que me satisface el que piensen ustedes asÃ…, y que ejecuto mi trabajo con verdadero amor.
—Bien. ¿Piensa seguir siempre enseñando a nuestros pequeños?
—Seguramente. Por lo menos, mientras quieran ustedes tenerme.
—¿Y no echará de menos el Este… y todo lo que ha dejado por allá?
—No, en verdad.