Código del oeste
Código del oeste Manifiestamente, Enoch se proponÃa recuperar el tiempo perdido. Por la parte llana del fondo del valle condujo el coche con tanta velocidad, que Mary se sentÃa impresionada y medrosa. Las brillantes luces de los faros del auto iluminaban fuertemente el amarillento y sinuoso camino, con sus cercados de postes y bordes de vegetación. Algunos coyotes, mofetas y conejos cruzaban despavoridos la faja de intensa luz. El follaje de los árboles tomaba una viva coloración verde; las bayas de enebro relucÃan como diamantes, y las lisas ramas de la «manzanita» parecÃan arder en rojo. El aire se habÃa hecho frÃo y penetrante, y en el oscuro azul del cielo parpadeaban mirladas de estrellas. Llegó un momento en que Enoch tenÃa que conducir despacio y con cuidado por sitios pedregosos y pronunciados recodos. Los diez ocupantes del interior del automóvil sostenÃan un continuo alboroto con sus chistes y manifestaciones de regocijo.
—Mary, dÃgame qué le pasa a Cal —murmuré Enoch—. Nunca le he visto como esta noche.
Ella le explicó brevemente lo que sabÃa, y de la explicación no salió Georgiana muy bien librada.
—Me tiene preocupado ese chico —continuó diciendo Enoch—. Las cosas no pueden seguir como están. Usted me entiende, Mary, ¿no es cierto?
—Me parece que sà —respondió Mary.