Código del oeste
Código del oeste Mary se halló con que tenía el espacio justo para apretujarse entre el corpachón de Enoch y la enorme cesta sobrecargada de tortas, empanadas y pasteles.
—Mala suerte la de Tim. Metió la pata —le cuchicheó Enoch a su acompañante—. Ha estado aguardando como un tonto una oportunidad, y cuando se le presenta la echa a perder con una burrada. Es curioso, ¿no?
Mary rió su aquiescencia. Algunas veces, la sagacidad de aquellos rústicos pobladores de Arizona le llamaban fuertemente la atención.
—¿Está todo el mundo? —preguntó Enoch poniendo en marcha el motor.
—Creo que estamos todos menos Cal —contestó el padre—; pero él no va.
—Ya lo veremos después por allá, de seguro —manifestó Enoch con una risita irónica—. Bueno, vamos a levantar ahora un poco de polvo.