Código del oeste

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—No hay sitio —replicó Enoch con el tono seco y autoritario que le era característico—. Vea esa pila de tortas y pasteles encima del asiento. Mary tendrá harto trabajo para cuidar que no se desparramen y se caigan con las sacudidas. Ya es tarde y voy a hacer echar humo a esta vieja carreta.

Tendrás que hacerlo —indicó el padre arrastrando las sílabas como de costumbre—. En la escuela está la gente joven esperándome desde hace rato para que toque yo la música. Seré un violinista ramplón, pero nunca he llegado con retraso.

—Vamos, Georgie, adentro —apremió Enoch, impaciente.

—¡Pero si no hay lugar…!, —se resistió ella—. Se me va a arrugar el vestido.

—Bueno, el que se arrugue no lo estropeará gran cosa —terció Tim—. Podría usted sentarse en mis rodillas.

—¿De veras?, —saltó en seguida Georgiana en un tono de voz que no presagiaba nada bueno para el atrevido mozo. La salida de éste la había molestado bastante. Y Mary dedujo que no era la audaz invitación lo que ofendía a su hermana, sino la satírica alusión al arrugamiento del vestido. Por fin, Georgiana se coló en el coche, y fue a tomar asiento en el amplio regazo de la señora Thurman, maternalmente invitada por ésta.


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