Código del oeste

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—¡Oh, Mary, hay que ser justa hasta con el diablo…! Cal ha sido muy bueno. Me gustaba. No soy hipócrita. Pero no puedo sufrir esos alardes de dominio y señorío. Yo no soy de propiedad suya; y, créeme, esta noche se lo voy a hacer ver.

—No estará allí —observó Mary.

—Tú no sabes mucho respecto a los hombres, hermanita… ¡no me parece! Cal no faltará a ese baile por nada del mundo.

—¡Toma! Enoch está haciendo sonar de nuevo la bocina. ¡Démonos prisa! Abrígate bien. Las noches son ahora bastante frías. Por mi parte… casi deseo que el baile hubiera terminado ya.

—Mary, la vida es una gran cosa si una no se achica —contestó Georgiana.

Fuera del patio, en el camino, estaba el coche grande, repleto de alegres miembros de la familia Thurman, todos los cuales, excepto Enoch, se apiñaban en el interior.

—Georgie, métase allá detrás, con esa gente, como pueda —dispuso Enoch—, y usted, Mary, venga acá, al frente, conmigo.

Georgiana se asomó, para examinar la oscura masa que llenaba el vehículo, y, manifiestamente, no le agradó la idea.

—Déjeme ir también delante —propuso.


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