Código del oeste
Código del oeste —Venga y verá lo que voy a hacer —respondió Georgiana, deliberadamente. En cada mejilla tenÃa una mancha roja, que no era del todo pintura.
—No iré —repuso Cal, y, girando sobre sus talones, se alejó, saliendo del porche y perdiéndose en las tinieblas.
Mary cerró la puerta. Después dijo:
—Georgie, yo creÃa que tú y Cal estabais últimamente en los mejores términos del mundo.
—Asà era, en efecto. Y eso es lo que más me fastidia. Me figuraba que lo tenÃa completamente embobado.
—¡Pobre Cal! ¿Qué te ha hecho?
—¿Qué? ¡Casi nada! Primero, me estuvo rezongando como un imbécil porque les enseñaba a varios de los muchachos las danzas nuevas. Más tarde, después de comer, me dijo que si me ponÃa este vestido blanco no irÃa conmigo al baile. ¡Se necesita tener tupé! ¡Vamos, hombre…! ¿Pues no se cree ese mentecato que me va a gobernar…? Para demostrarle que a mà no me gobierna ni él ni nadie, le pedà a Tim que me acompañara.
—Bueno, Cal es joven, vivo de genio, celoso; lo sé. Pero, Georgie, indudablemente se preocupa de nuestra reputación. Nosotras somos forasteras. Tú has cometido muchas tonterÃas y, sin duda, a él debes el no haber sufrido algún disgusto serio.