Código del oeste
Código del oeste Enoch condujo un poco más rápido, si acaso, y la última milla de recorrido a través de la tenebrosa floresta de enormes pinos fue dejada atrás bien pronto. Al frente, la oscuridad fue substituida por un resplandor amarillo que brillaba con grandes llamaradas en un extremo del calvero donde estaba situada la escuela. Una muchedumbre de jóvenes y niños se agrupaba en torno del fuego, y cada uno de ellos comía una ración de helado. Un robusto mocetón, que lucía un llamativo pañuelo rojo a modo de corbata, distribuía abundantes porciones, que sacaba de la primera heladora, de varias que allí había. Sin duda, los organizadores de la fiesta tenían el propósito de que no escasearan los refrescos.
La llegada de los Thurman originó una estruendosa batahola. La multitud acogió con formidables gritos de entusiasmo el arribo del factor principal del sarao: el viejo violinista. Muchos mozos y muchachas salieron de la casa de la escuela para enterarse de la causa del estruendo. A lo largo del borde del claro donde estaba el edificio había atados unos cuantos caballos, y el estrépito los sobresaltó. Uno de los animales empezó a encabritarse. Media docena de los muchachos presentes corrieron a calmarlo; pero el asustado bruto rompió el cabestro y salió a escape, camino abajo.