Código del oeste

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Los jóvenes más entusiastas se apoderaron de Henry Thurman y, casi en brazos, lo condujeron al interior de la escuela. Mary iba acompañada por Enoch, quien, al mismo tiempo, se esforzaba en proteger la voluminosa cesta de pasteles. La maestra perdió de vista a su hermana.

El interior de la escuela le era harto familiar a Mary; sin embargo, aquella noche le pareció que tenía un aspecto muy peculiar y significativo. Las paredes, blanqueadas con cal, habían sido revestidas parcialmente con hojas coloreadas, arrancadas de diarios ilustrados y de revistas. El alumbrado, que consistía en dos lámparas, no muy grandes, colocadas una a cada extremo del recinto, era tan escaso, que Mary apenas podía reconocer a ninguno de los miembros de la concurrencia. Todos los pupitres habían sido quitados. Una línea de bancos, sillas y cajones, adosados a lo largo de la pared, ofrecían suficiente sitio para sentarse. En una esquina se veía una estufa, detrás de la cual tomaba asiento un grupo de mujeres con pequeñas criaturas en los brazos. La chiquillería corría por todas partes, retozando, chillando, riendo, y demostrando, con su infantil algarabía, el placer que les producía aquel extraordinario acontecimiento.

—Vamos; desenfunde pronto el violín —le gritó a Henry un fornido vaquero, que fue en seguida secundado en su petición por otros muchos.


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