Código del oeste
Código del oeste El viejo Thurman resplandecía de orgullo. Él era el personaje más importante de la reunión y se gozaba ingenuamente en demostrar su importancia. Mary no pudo distinguir la respuesta que dio a los que le rodeaban el bondadoso y vivaz anciano. Sentóse éste sobre un cajón y empezó a rascar en su instrumento. Lock Thurman ocupó un lugar a su lado, inclinándose hacia delante, con dos delgadas varillas de pino en las manos, que utilizaba para golpear rítmicamente sobre el astil del violín de Henry.
Las primeras notas sirvieron de señal a grandes y chicos. Cuarenta parejas de personas mayores y una veintena de chiquillos comenzaron a corvetear por el salón. Los grandes danzaban una especie de pasodoble modificado, y los chicos jugaban al tag. Mary iba arrastrada por los vigorosos brazos de Enoch y todo lo Que alcanzaba a ver era el tropel de los danzantes. De tiempo en tiempo sentían las carreras de los chiquillos, muchos de los cuales se le agarraban a las faldas, pero no podía verlos. Para un rudo vaquero que toda su vida había calzado pesadas botas de montar, Enoch se desenvolvía con bastante soltura. Como la mayoría de aquellos zanquilargos indígenas de Arizona, no bailaba del todo mal. Lo embarazoso para Mary era que su compañero no se cansaba, y el músico tocaba y tocaba interminablemente. No obstante, la joven se divertía y hallaba placer en considerarse ya parte de aquella sencilla gente.