Código del oeste
Código del oeste Cuando, por fin, Henry y Lock cesaron en sus esfuerzos musicales, toda la juventud lanzóse afuera para tomar helados. Las más de las muchachas olvidaron ponerse los abrigos, y una de ellas fue Georgiana. Al brillante fulgor de la hoguera, presentaba un aspecto tan llamativo, que por fuerza tenía que quedar indeleblemente grabado en la memoria de cuantos la contemplaban. Los mozos se la comían con los ojos, obsesos; las muchachas se maravillaban de la audacia y belleza de aquel brevísimo traje blanco, y la gente madura la miraba con desconfianza y desdén.
No necesitó Mary más que un instante para hacerse cargo de que su despreocupada hermana estaba gozándose en la sensación que producía, particularmente entre los mozos que la rodeaban como un enjambre. Allí, en medio de la brillante luz, Mary distinguió a Hatfield, en quien se fijó detenidamente. Era alto, bien constituido, hermoso en cierto modo, con fanfarronería, y vestía de manera muy pintoresca. Igual que otros muchos de los jóvenes presentes, bailaba sin chaqueta ni chaleco. Llevaba una blusa o camisola azul, pañuelo rojo anudado al cuello a guisa de corbata, cinturón de cuero, chapeado de plata, y pantalones oscuros, tan ajustados, que se le amoldaban ceñidamente a las caderas y a los muslos. La culata del revólver le asomaba por el bolsillo trasero del pantalón. Este detalle sorprendió a Mary, quien se lo hizo notar a Enoch.