Código del oeste
Código del oeste —Oh —dijo éste con su tÃpico arrastre en la pronunciación—, supongo que no es Bid el único que viene provisto de ferreterÃa.
El tono con que lo dijo y el expresivo guiño con que subrayó sus palabras, hicieron acelerar el pulso de la joven. Por debajo de la alegrÃa y ostensible sencillez de aquella rústica fiesta, yacÃan ocultos los agrios instintos heredados de épocas más duras y salvajes.
Mary, resueltamente, desechó toda idea inoportuna y enojosa. HabÃa venido a pasar un buen rato. Aquel baile significaba mucho para ella, por el nuevo rumbo que desde esa noche tomarÃa su existencia. Se proponÃa, pues, divertirse lo más que pudiera. PresentÃa que, más pronto o más tarde, ocurrirÃa algo; pero, mientras no sucediera nada, gozarÃa del momento actual. AsÃ, pues, dejó de preocuparse por Georgiana.
Bailó cuatro danzas seguidas con Enoch; largas, inacabables, con innumerables repeticiones, y después la invitó Wess a la danza llamada tag.