Código del oeste
Código del oeste Para ese tiempo, habían llegado hasta la portada del corral, la cual abrió el muchacho. De repente resonaron fuertes y regocijadas voces, lanzadas por los que habían permanecido cerca del cobertizo. Mary y su acompañante dieron la vuelta, tratando de enterarse de lo que ocasionaba aquel bullicio. Unos cuantos de los mozos, agrupados, con las cabezas juntas, parecían conversar animadamente. Tenían el aire de estar tramando alguna diablura.
Cal los miró con suspicacia, y en sus ojos brilló un destello fugaz. Tenía la cara lisa, casi imberbe, y aunque la piel estaba curtida por la intemperie, mostraba menor tosquedad y flacura de semblante que sus hermanos. La maestra encontraba aquel rostro no sólo hermoso, sino algo mejor, por su simpatía y noble expresión.
—Oiga: esa pandilla está imaginando alguna treta —murmuró Cal echándose atrás el sombrero y pasándose la nervuda mano por el cabello.
—¿Alguna treta? —repitió Mary, como un eco, en tono vago, pensando si no sería mejor no divulgar su propia duplicidad.
—Seguro. Mire a Tim. De fijo está planeando algo. Siempre mueve la cabeza de ese modo cuando se propone… ¡Oh, desde aquí puedo leer sus pensamientos!
—¿Qué irán a hacer? —inquirió la joven, curiosa.