Código del oeste
Código del oeste En ese preciso instante, antes de que Mary tuviera tiempo de responder, se adelantó Hatfield con ademán cortés y diciendo con marcada galanterÃa:
—Señorita Stockwell, la felicito muy sinceramente. Enoch Thurman…
Le cortó la palabra la repentina llegada de Cal, quien, pálido y anhelante, se acercó a la maestra, e inclinándose para besarla, dijo, casi sin aliento:
—Jamás en mi vida… me he sentido tan contento. Usted será esposa de Enoch, y, por tanto, hermana mÃa. ¡Tenemos una suerte grandÃsima, en verdad!
—¡Hombre!… Cal… me confunde con su amabilidad —contestó Mary riendo—. No tenÃa idea de ser tan apreciada.
Cal, entonces, pareció notar la presencia de Georgiana y de Hatfield. HÃzole a éste un breve saludo y escuchó sin interés lo que el otro siguió manifestando para completar su interrumpido discurso. FrÃamente estuvo mirando a Bid y a su compañera, hasta que, de súbito, les volvió la espalda. Georgiana enrojeció bajo la capa de polvos y pintura. Perdió la poca dignidad que le quedaba, volviéndose a Hatfield con exagerado sentimentalismo.
—Vamos, Bid. Le aseguro que baila de un modo divino —le dijo, echándose en sus brazos con abandono y mirándole descaradamente a los ojos.