Código del oeste
Código del oeste Hatfield, ni corto ni perezoso, correspondió en el acto a la invitación. Pero, a juicio de Mary, si Georgiana esperaba apabullar a Cal por ese medio, erró el cálculo, porque el mozo no dio la más mínima señal de haber visto ni oído nada.
—Hágame el favor de bailar conmigo —le pidió a Mary.
—Espere un poco, Cal —contestó ella—. Estoy rendida. La última vez me han dejado sin poder moverme.
—¡Cómo! ¿La noche de su compromiso? ¡Vamos, maestra… que no se diga! —replicó Cal en son de amable burla.
—Oh, no estoy aún «caída sobre la lona», como dice Tuck Merry, pero necesito algún respiro.
—¿Dónde anda Tuck? Esta noche vino dispuesto a echar el resto.
—Ahora que caigo en ello… todavía no lo he visto. Pero, desde luego, por aquí tiene que estar. Vino en el mismo auto que nosotras… Cal, y usted, ¿hizo el camino a caballo?
—Sí. Y en cuanto me decidí, perdí bien poco tiempo. Llegué acá casi volando —repuso el muchacho con una franca carcajada.
—Antes nos había dicho que no quería asistir al baile. ¿Qué es lo que le ha traído? —inquirió Mary con bondadosa curiosidad.