Código del oeste

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—Bueno, de fijo que no el deseo de pasar un buen rato. Pero me he olido que ocurrirá algo, y acaso mi presencia no sea inútil.

—Cal, ¿quiere decir que habrá alguna pelea?

—No. Lo que es eso… No me tomaría la molestia de hacer el viaje para pelear con nadie ni para evitar que otro se mezcle en cuantas grescas quiera.

—Entonces… ¿por qué ha venido? —insistió la joven, cada vez más intrigada. Cal daba muestras de estar haciendo esfuerzos para disimular sus verdaderos propósitos. Tenía más aspecto de hombre serio que de ordinario. Parecía lleno de energía y de reserva, y cierto aire de tristeza que ostentaba le sentaba muy bien. Eludió hábilmente el interrogatorio de Mary, y quiso ser amable y bromista con ella. Mientras conversaban, la maestra la observaba con gran interés, fijándose en que los oscuros ojos del muchacho buscaban constantemente a Georgiana entre las numerosas parejas. Sin embargo, cuando, en el vaivén de la danza, ella se acercó al sitio donde estaba Cal, él no dio el menor indicio de advertir, su presencia. Mary notó, consternada, que su hermana bailaba cada vez con mayor despreocupación y atrevimiento.

—Cal, antes me aseguró que no estaba aquí para pasar un buen rato —le observó Mary—. Pero no ha de ser cierto. Tiene que bailar y divertirse.


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