Código del oeste
Código del oeste —Es una idea espléndida, Enoch, pero no la pongas en práctica esta noche —replicó el muchacho, brillándole en los ojos una burlona expresión diabólica.
—No me fÃo de ti, Cal Thurman —prosiguió Enoch con acento dubitativo.
—Pero ¿qué se traen ustedes, muchachos? —interrogó Mary, medio alarmada, medio divertida por el diálogo.
—Cal, te pido que estés aquà hasta que yo regrese —dijo Enoch seriamente.
—¡Ajú! —contestó Cal. Era tanto una promesa como la expresión de su propio deseo. Adivinaba por qué le pedÃa su hermano que no abandonara el salón.
—Ven, Mary; te necesito —continuó Enoch llevándose a la joven hacia el exterior.
La noche estaba oscura y frÃa. Las estrellas brillaban por encima de las negras copas de los pinos. Animadas charlas, alegres cantos y frecuentes carcajadas resonaban en tomo al vivo resplandor de la hoguera. Varias parejas paseaban de un lado para otro.
—Mary —cuchicheó Enoch—, cuando venÃa para acá, alguien se me acercó para decirme que Georgie estaba conduciéndose de un modo… harto inconveniente con Bid Hatfield. Ahora bien, con Tim embriagándose y Cal por aquÃ, no puede ser. Alguien se lo dirá a uno de los dos y va a haber las del demonio.
—¿Qué podemos hacer? —le preguntó Mary.