Código del oeste
Código del oeste Con mezcla de cólera y vergüenza marchó Mary apresuradamente en busca de Georgiana. Tenía intención de no andarse con melindres. No veía claro qué clase de acontecimiento desagradable se estaba preparando, pero temía que su hermana provocara algún serio disgusto. Había encontrado a Cal demasiado sereno, demasiado calmoso, demasiado complaciente, para considerarlo seguro; y el significado de las palabras de Enoch tampoco se le había escapado. Georgiana era, al fin y al cabo, una extraña en aquel ambiente, y las cosas empezaban a ponerse serias en su contra.
Había parejas de enamorados ambulando por acá y allá, al abrigo de los pinos, y se escuchaba el murmullo de las conversaciones sostenidas en la oscuridad. Mary tuvo alguna dificultad en hallar el automóvil de Enoch, y fue la bien conocida voz de Georgiana la que le sirvió de guía.
—¡Vamos! ¡Estése quieto!, ¿quiere? No vaya a estropearme el vestido más de lo que está —decía la muchacha.
La respuesta de Hatfield sonó ronca y regocijada:
—Oye, chica, tu vestido tiene bien poco que estropear.