Código del oeste

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Mary corrió hacia el coche. En la penumbra alcanzó a distinguir la blanca forma de Georgiana. Le pareció que Hatfield la tenía entre los brazos. En aquel instante se inclinaba para besarla. Georgiana trataba de zafarse, pero sus esfuerzos distaban mucho de ser desesperados.

—Georgiana, baja en seguida y vamos para dentro —ordenó Mary, con una voz que jamás había empleado antes.

Hatfield soltó a la chica y descendió del coche sin demora. Ésta quedóse sentada un momento, en silencio. Luego preguntó, de mal talante:

—¿Soy acaso una chiquilla para que se me mande así?

—Tu conducta es vergonzosa —contestóle Mary secamente—. Si no tienes ningún respeto por ti misma, exijo que tengas alguno por mí.

¡Mary! —protestó Georgiana.

Luego, sin añadir una sola palabra, saltó afuera y partió a escape, camino de la escuela. Mary iba a seguirla, pero Hatfield le cerró el paso, diciendo:

—Señorita Stockwell, reconozco que la culpa es mía. Georgie no quería venir.

—Las explicaciones son innecesarias, señor Hatfield —replicó Mary—. No le culpo a usted lo más mínimo. Pero si quiere atender un consejo, le diré que se está buscando un compromiso grave.


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