Código del oeste

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Sólo pudo notar que el local estaba más concurrido, que el ritmo de los bailadores era más rápido y que se acentuaba la animación y el deleite con que la concurrencia participaba de la sencilla diversión. Dedujo que, para los presentes, era realmente un asunto «serio» aquel interminable balancearse a los acordes de la música, y que, de hecho, la función era aprovechada por los jóvenes de ambos sexos como la oportunidad más adecuada para cortejar.

Después de aquel número vino un intermedio, durante el cual las señoras sirvieron bocadillos, pasteles, etc. Henry Thurman hizo una advertencia:

—Señores: nuestro amigo trajo de Globe nada más que ocho heladoras, cuyo contenido se ha agotado ya.

—Y oiga, Henry, ¿sabe por qué? —gritó Tim Matthews con voz tartajosa—. Porque… Wess… Thurman…, se ha tragado… él solo… dieciséis porciones.

—¡Jo… jo… jo! —exclamó el aludido—. Yo no soy el único tragaldabas que se ha llenado la barriga de sorbetes.

—Bueno —dijo entonces Enoch—, otros se la han llenado con algo más fuerte.


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