Código del oeste

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Enoch salió al encuentro de su novia, y su ruda diestra buscando la de ella, fue para Mary un confortable apoyo.

—Bueno, la hiciste venir —le dijo—. Estaba hecha una furia, cuando traté de hablarle… ¿Sabes lo que me dijo?

—Dios lo sabe —contestó Mary, apenada.

—Bueno, fue curioso. Yo me le acerqué, diciéndole: «Mire, Georgie, puesto que pronto seré una especie de segundo papá suyo, ¿no le parece mejor que hagamos las paces y seamos buenos amigos?».

—Enoch, ¿de veras?

—Tal como lo oyes. Y la endiablada gatita se revolvió contra mí, replicándome con más descaro que nunca: «¿Quiere hacerme el favor de irse al infierno?».

Enoch acompañó sus últimas palabras con una sonora carcajada y un fuerte palmetazo sobre un muslo; pero Mary no sentía el menor deseo de unirse a su jovialidad, pues estaba a punto de llorar.

Entraron juntos en el salón, donde hallaron la fiesta en pleno desarrollo. Los niños dormían todos, en los rincones reservados para ellos. Los viejos miraban y charlaban. Henry Thurman se entregaba con ardor a su tarea de arrancarle al violín los más vivos compases. Y la juventud entera «bailaba en serio», según frase de Enoch. Mar.


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