Código del oeste
Código del oeste —¿Usted… su propia hermana… dice eso? —preguntó con voz entrecortada.
—SÃ. Y lo digo porque lo creo. Aunque no es mi propósito mostrarme hostil con usted ni injusta con ella. Pero la situación es intolerable. Tiene usted que admitirlo.
—Asà os, asà es. Acaso más intolerable de lo que usted piensa —murmuró él.
—No tengo más que decir, Hatfield —añadió Mary disponiéndose a retirarse.
—Ha dicho bastante. Me ha hecho ver las cosas de otro color que el que yo imaginaba. Se lo agradezco, y lamento que sea hermana suya. Si quiere usted atender una insinuación mÃa, mándela de vuelta a donde le corresponde. El Tonto no soporta tunantas de esa clase.
Mary se inclinó, haciendo un gesto aprobatorio, y se encaminó rápidamente hacia la escuela.
Hatfield no parecÃa ser en el fondo un mal sujeto, y, probablemente, cualquier muchacha realmente buena obrarÃa prodigios con él. A Mary le pareció como dotado de la misma cruda hombrÃa caracterÃstica de todos los vaqueros de la comarca. Sus últimas palabras, y en especial sus manifestaciones respecto a Georgiana, la inquietaban extraordinariamente. En realidad, la chica estaba por completo fuera de lugar entre aquella gente tan primitiva.