Código del oeste
Código del oeste En conjunto, era una sencilla escena de vida rústica, pero a Mary le agradaba enormemente. La sencillez y la virilidad había menguado en muchas manifestaciones de la vida norteamericana, mas allí se mantenían en todo su vigor. Casi todos aquellos mozos habían servido en el ejército durante la Gran Guerra, y varios de ellos estuvieron en Francia. ¡Qué espléndida hoja de servicios trajo Boyd Thurman a su regreso! No obstante, nadie lo hubiera presumido. Ni siquiera los azares de una gran contienda internacional eran capaces de cambiar a aquellos campesinos de Arizona. Su existencia había sido demasiado libre, demasiado montaraz, demasiado dura, para que ni la estricta instrucción militar en tiempos de guerra pudiera influir gran cosa en ellos, haciéndoles mudar de modo de ser.
Mary recordaba bien lo que Serge Thurman le había dicho en respuesta a la pregunta de qué había sacado de la guerra: «Bueno, a mi entender, todo lo que saqué fue la gripe y un porrazo en la cabeza…».
Henry Thurman puso término al intermedio mediante algunos chirridos de su violín.
—¡Vamos, muchachos! —gritó—. Reúnanse con sus compañeras. Yo soy un violinista maniático y me propongo ver a algunos de nuestros zanquilargos vaqueros agotados de tanto bailar.