Código del oeste
Código del oeste Un regocijado clamor general acogió este discurso del viejo Henry. Evidentemente, era un reto lanzado por las mujeres y aceptado por los hombres. Comenzó la música y los bailadores se entregaron a la danza con renovado ardor.
Mary bailó primero con Enoch, y luego, con Tuck Merry. Éste era tan alto, tan suelto de coyunturas, y bailaba tan desastrosamente fuera de compás, que la joven tuvo una tarea difícil en aguantar hasta la terminación del número. Tuck estaba disfrutando tremendamente, en absoluto abstraído de sus deméritos como danzarín. Mary gozaba viéndole gozar, y cuando cesó la música y Tuck le buscó un asiento, aprovechó la oportunidad para interrogarle.
—Enoch me ha dicho que ha andado usted peleando. Espero que no sea cierto, ¿verdad?
—Bueno, señorita Mary, yo no les llamaría «peleas» a lo que he hecho. Total, desollarme un poco los nudillos —contestó con una ligera mueca, extendiendo la enorme diestra para que la examinara. En efecto, tenía los nudillos despellejados.
—Entonces, es cierto… Tuck, creo que debo decírselo a Enoch —manifestó Mary, con acento bondadoso.
—Enoch es un excelente sujeto. Nos tenemos mutuamente muy buena voluntad. Pero le inquieta la idea de que va a tener que cascarme, a causa de las habladurías que circulan por ahí.