Código del oeste

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Ella se lo dio sin el menor comentario, y Cal, después de estarlo mirando un momento, observó, convencido:

—No le encuentro parecido alguno. Es bastante fea y usted es bonita.

—Gracias, Cal —contestó Mary con modestia—. Agradezco el cumplido; pero no debía hacérmelo a costa de mi pobre… hermana, que no tiene la culpa de no ser bella.

—Oh, nada de eso… Lo digo porque lo siento, maestra, y sin ofensa para nadie. Mire: Enoch piensa que usted es la mujer más linda que ha visto en su vida. Y él es, de seguro, juez competente en la materia.

Mary Stockwell sintió que le ardían las mejillas, y no por cierto a causa del sol, ya cerca del ocaso. Le gustaba la fe que tenía en Enoch el mozo. Entre ambos hermanos existían relaciones cordialísimas que hacían presagiar mucho bien para el futuro del menor de ellos.

—Cal, creo que es preferible el carretón al auto —insinuó Mary pensando en la pareja de briosos caballos negros que habitualmente enganchaban al vehículo, y que le agradarían a la muchacha.


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