Código del oeste
Código del oeste Mary trató de que Georgiana se fijara en ella, pero fracasó en su empeño. La muchacha no parecía tener ojos más que para su pareja. No obstante, por fuerza tenía que saber que estaba causando sensación con su desahogada conducta.
—¡Bien, esto sí que es grande! —profirió Enoch—. Ha hecho que la imiten otros. Mary, está más claro que la luz del día. Georgie les ha enseñado esa danza a algunos de nuestros jóvenes más desaprensivos, y ahora nos la va a imponer. ¡Qué chiquilla! ¡Se necesita atrevimiento para hacer eso!
Cuando Mary comprobó la veracidad del aserto de Enoch, aumentó su confusión y su pena. Tres parejas de jovenzuelos estaban bailando en forma tan exagerada, que era evidente su propósito de provocar la risa y el enojo. Su intención era manifiesta, pero la ejecución resultaba ridícula. Georgiana, a pesar de su censurable audacia, se desenvolvía con garbo, con ritmo, con belleza, en sus picarescas evoluciones. Muchos dejaron de bailar, para observarla mejor, sorprendidos por el flamante y escandaloso estilo. Gradualmente, Georgiana y sus discípulos atrajeron por igual la atención de jóvenes y viejos. No cabía la menor duda respecto a la nada encubierta desaprobación de los padres y madres presentes, ni a la fascinación que se retrataba en los rostros de la gente moza.