Código del oeste
Código del oeste El alto y discordante punteado del violín de Henry interrumpió la conclusión de la frase de Enoch. Mary no necesitó oírla. Estaba consternada; sin embargo, el resentimiento de que al mismo tiempo se sentía invadida la hacía esperar con ansiedad el desarrollo de los acontecimientos. Esta vez, por alguna extraña razón, las parejas anduvieron remisas en la reanudación del baile. Una por una fueron empezando como desganadas e impelidas a danzar porque la música había empezado a sonar de nuevo. Pero se veía claro que hubieran preferido mantenerse como espectadoras. Esa morosidad dio ocasión a Georgiana y Hatfield para lanzarse con gran desahogo al disfrute del momento presente. Iniciaron la danza estrechamente abrazados y con un pronunciado contoneo, que Mary sabía muy bien que jamás se había visto en aquel recinto. Con mirada crítica y reprobatoria los estuvo observando. O bien Hatfield había sido más esmeradamente instruido en aquella forma de bailar, o, por disposición natural, lo hacía más hábilmente que los otros que antes la habían ensayado. Porque formaba una admirable pareja con Georgiana. Ambos se desenvolvían muy bien, haciendo lo que jamás debieran haber hecho. Hatfield tenía el aire arrogante y desafiador. Sin duda, se daba infinitamente mejor cuenta que su compañera de la profunda sensación que estaban produciendo. En cuanto a la muchacha, mostraba el rostro enrojecido y en los ojos le rebosaba una expresión maligna. Su juvenil audacia, el orgullo, la vanidad, y un equivocado sentimiento de conquista, la habían llevado a exponerse a un peligro que no comprendía, olvidada como estaba de la realidad de las cosas.