Código del oeste

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Cal se halló a sí mismo: halló comprensión y decisión, allí, en el sitio predilecto de su niñez. La fría y fragante brisa le animaba con su penetrante soplo; el corpulento enebro, robusto y nudoso, viejo y agrisado, se inclinaba sobre él, como poniéndole ante los ojos la dura lección de la constante lucha que había sostenido a través de los años, para subsistir; la soledad le hablaba; las negras simas del enmarañado cañón le increpaban, en nombre de los hombres primitivos; el noble ceño del Promontorio parecía brillar con luz dorada; el purpúreo manto opaco que envolvía a los montes Mazatzal le transmitía su fuerza su misterio… y todo, en torno suyo, le murmuraba el mismo insidioso aviso: «¡Anda; ve en busca de tu compañera!».

«Pero ¿cómo…, cómo?», exclamó Cal despavorido, aunque casi feliz por esa inspiración.

No obtuvo respuesta alguna. Los elementos no conspiraron con él. Se limitaron a hablarle impasiblemente, sugiriéndole que escuchara a su propia naturaleza.





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