Código del oeste
Código del oeste ¡Qué alivio al expresar su agonía, su anhelo, su impotencia! Era como si hasta entonces se hubiera negado orgullosamente a solicitar ayuda o consejo. Pero el orgullo estaba a punto de ceder. Se encontraba solo, lejos de toda mirada, menos de la omnividente mirada de la Naturaleza y de Dios, fija sobre él, en su abatimiento. El sonido de su propia voz fue el paso final que le condujo a la rendición. Desde ese instante comenzó a operarse en él un sutil cambio, un verdadero resurgimiento. Esparció la vista por sobre el accidentado paisaje que ofrecía la agreste Hoya —tan salvaje, solitaria y libre—, en otra época hogar del fiero apache, y hoy escasamente poblada por los Thurman y algunas otras familias de pioneros como ellos. Allí estaba el lugar, y entonces era el momento. Todo lo que le faltaba era Georgiana Stockwell. En una especie de ensueño o arrobamiento, al que se entregó en tal instante, con los ojos cerrados, se le representó claramente lo que tenía que hacer para salvarse. Tenía que hacerla suya. Eso era todo. No importaba lo que hubiera ella hecho, ni lo que fuera, ni lo que quisiera. Aquélla era su única salvación. Ella le había demostrado que le gustaba, y eso era bastante para que él se sintiera varonilmente animado a persistir en sus pretensiones amorosas. ¿Podía haber cambiado radicalmente la joven en sus ideas y sentimientos? ¡No! Antes bien, en la actualidad debía tener de él mejor opinión que nunca. Sólo que era tan rara, que antes moriría que confesarlo.