Código del oeste

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Cal no había sufrido mayormente con ese alejamiento. Le dolía más el que Georgiana no pudiera olvidar el insulto sufrido en el baile, que no pudiera comprender, que no acabara de darse cuenta de que su conducta había sido causa de que su hermana tuviera que considerarse humillada. Pero cuando pasaron las semanas y gradualmente fue Georgiana volviendo a su complaciente acogida de las atenciones de los muchachos (aunque con menor ardor que antes, a juicio de él), ya no le fue posible a Cal soportar la situación. Logró entonces persuadir a su padre para poner en ejecución inmediata el plan de establecer su homestead, y llevaba ausente un mes entero. Enoch y sus vaqueros habían regresado de su viaje a Winslow, conduciendo ganado, y ahora le ayudaban en la tarea de acoplar troncos para la construcción de la cabaña. Un día más, y los troncos estarían ya totalmente acondicionados para formar la mejor cabaña de toda la comarca. No obstante, Cal se sentía acerbamente desilusionado. No podía resistir más tiempo. Casi dominado por la desesperación, permanecía en su antiguo observatorio, a la sombra del enebro, que le parecía un viejo amigo, y al fin exclamó con voz angustiada:

—¡Oh! ¿Qué haré?



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