Código del oeste
Código del oeste —¡Oh Georgie! No hable así. ¡Espere! —imploró Cal. Pero ella había huido. Y él no consiguió echarle la vista encima, por espacio de una semana, después del incidente. Cuando volvieron a verse, la muchacha parecía cambiada. Él procuró darle ocasión de explicarse, de remediar lo que había hecho, pero Georgiana sólo hablaba de cosas indiferentes, y pronto hallaba algún pretexto para marcharse. Los labios de Cal permanecían mudos sobre el asunto que tanto le preocupaba. Era ella quien tenía que tomar la iniciativa, porque, de no ser así, jamás podrían las cosas volver a encauzarse para restablecer las relaciones cordiales. Y en las semanas subsiguientes, fueron ambos apartándose cada vez más, en el terreno sentimental.