Código del oeste

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En tiempo caluroso, los Thurman servían las comidas en el porche que enlazaba las distintas secciones de la espaciosa y destartalada casa del rancho. Un techo de toscas tablas cubría el porche, extendiéndose hasta bastante abajo. Desde el suelo partía una escalera que iba a terminar en un desván, donde dormían varios de los mozos de la hacienda. Cal, que prefería el aire libre, habitaba en una pequeña choza de troncos, de un solo cuarto, que él mismo había construido. Con una sonrisa maliciosa, pasó junto a los muchachos que ocupaban la larga mesa, y fue hasta un banco que había arrimado a la pared. Llenó de agua una jofaina y procedió a lavarse vigorosamente cara y manos. En realidad, se chapuzaba con tal violencia, sacudiendo además con tal energía la empapada cabeza, que rociaba a todos los presentes.

—¡Eh, tú! ¿Te has vuelto ballena y estás resoplando? —protestó Panhandle.

—No, es que se está refrescando la mollera —observó Tim.

El otro, sin hacerles el menor caso, continuó sus abluciones y chapoteo, concluyendo por quebrantar su regla de no afeitarse más que una vez por semana. Esto les llamó atrozmente la atención a los espectadores.

—¡Oigan que se está afeitando! —exclamó Arizona, como si se tratara de algo estupendo.


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